Miraba la tele
sin ver hasta que dijo:
- ¿Sabes? Lo
tuyo y lo
mío fue como un
lobo marsupial -y se
enjugó el llanto.
- ¿Como
un qué? -preguntó
él, aunque realmente le importaba una
mierda.
- Un lobo marsupial, un
tigre de Tasmania, el... -dudó
ella, intentando recordar el
nombre científico y al mismo tiempo darle alguna
pista sobre aquel curioso carnívoro que
tanto le gustaba.
-
Ni idea -cortó
el, sin ocultar que,
efectivamente, aquello le interesaba más bien
poco.
- El, el... ¡
Thylacinus cynocephalus! -recordó, algo más
alegre-. Era un
marsupial, parecido a un
lobo, con
rayas en el lomo y la cola... ¡y unas
fauces que se abrían
120º! Un animal
precioso...
- Oh, sí, una
monada -soltó
él, sarcástico.
-
Lástima que los granjeros de
Tasmania los cazaran por miles cuando empezaron a matar ganado, hasta
extinguirlos.
- Ya, y... ¿
qué?
- Pues, ¿
no lo ves? Nuestra historia y la del lobo marsupial son
paralelas...
- ¿
Por qué? -dijo
él, logrando con su entonación
la pregunta con menor grado de interés jamás formulada.
- Porque era bonita,
inusual, rara,
extraña y con tintes
surrealistas. Pero comenzó a volverse
peligrosa y decidimos matarla.
- Y obtuvimos una
recompensa, además de cumplir con
nuestro deber -interrumpió
él con una mirada
significativa que quería decir "
cállate ya"
- Sí, pero fue
temporal. A la larga perdimos algo
único -contraatacó
ella.
- Seguramente habría
programas de recuperación de la especie -dejó caer
él, disimulando su creciente
interés.
-
No. Cuando decidimos luchar ya sólo quedaba
Benjamín, un pobre lobo.
- Un pobre lobo
cansado y solo -se dijo
él, repentinamente afectado.
- Sí, pero... ya no importa.
Nadie se acuerda ya del lobo marsupial, ni de
Benjamín... Salvo cuando
su historia, que es también la nuestra,
se repite -concluyó
ella, levantándose del sofá.
-
Cansado y solo -susurró
él como un eco, con los ojos
anegados de lágrimas.