... Una
cabra -y su solo de
violín- han hecho magia
sin darse cuenta. Preguntaron; y les brindo un
toma ya. A efectos prácticos, han predicho que
le vería.
¿Ahora? Ahora le hablo a él.
Echaba de menos echarte de menos. Por eso, camuflada por la noche, pasé a tu lado y fingí no verte, como antes; como solíamos hacer el uno con el otro -en un intento barato de sintetizar un ramillete de celos. Pero tú no; tú me recordaste que puedes -y sabes- sorprenderme sin esfuerzo.
De ahí tu largo abrazo de lobo, de ahí esos besos fronterizos con mi cuello. De ahí tu sonrisa que, en luces de neón, anunciaba que hasta esta noche me habías echado de menos.
Conseguí dos fotos en las que tu mano fue hiedra en mi cintura. Una rareza en ti; y en mí. Alguien te dijo que me sacaras guapa, y tú aseguraste que eso siempre, siempre. Entonces cometí un error y miré tus ojos verdes una vez más -y casi me matan. Mierda. Asumiste de nuevo tu viejo uniforme de vigilante nervioso de mí.
¿Luego? Luego vino una charla desvergonzada por mi parte. Vivir lejos de ti ha hecho que te pierda el miedo. Si no, ¿cómo habría dicho lo que te dije? ¿Atreverme? No hasta ayer.
Pero recuerda; somos nosotros. Lo fácil hace tiempo que nos abandonó. De hecho, nuestro compañero fiel ha sido y será lo imposible.
Así que, como siempre, algo o alguien hizo imposible lo explícito.
Pero me voy -y no temo- sabiendo que algo ha cambiado: Ahora soy yo el veneno.
¿Lo demás? Sabes que no es verdad.