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martes, 2 de diciembre de 2008

Poemas microbianos (I)

He encontrado el Infierno
a tres milímetros de tu boca.
Tus manos anidadas en mi vientre
contraen cada centímetro de mi ser.
Mapeo tu pecho con mi rostro;
me aferro a ti
como las hiedras a las lápidas.
El calor de tu cuerpo
se escapa por tu boca,
paseando tu aliento inocente
contra mi cuello.
Tu olor es látigo
que excita mis terminaciones nerviosas.
Me encrespas, me triangulas;
me conviertes en polígono irregular.
El candado que encierra
mi alma depredadora encontró
la llave que le abre.
Ten cuidado, muñeco.
Eres como un astuto felino,
pero nadie como yo te caza.
No me asustan tus selvas,
como Indy Jones busco tu templo maldito;
tu cuerpo.
Sin miedo a nada me lanzo,
no pienso perderte ahora;
necesito tus abrazos.
Voy enganchándome
a esa droga dura que es tu cuerpo.
Me tienes. Me tienes.
Las cartas están sobre la mesa,
el timbre ya sonó.
Sin embargo tú sigues jugando.
Como en el poker marcas tus faroles,
como en el mus esto es cosa de dos,
como en la brisca mi as vence tu rey.
Estás en jaque,
tus peones son cosquillas
en el corazón de la reina.
Derribas todas mis jugadas,
mis estrategias son humo ante ti.
Contigo sólo queda el tiempo real,
el día a día,
el hoy por hoy.
Sueño con que esos cálidos labios
recorran de nuevo mi cuerpo;
pero el miedo sigue siendo un muro,
demasiado alto como para saltarlo.
Juguemos a los médicos,
descubramos nuevos síndromes,
saquemos matrícula en Anatomía,
diagnostiquémonos amor fatal.
La eternidad
en un segundo a tu lado.
Dos líneas paralelas
en combustión convergente
en un punto ardiente.
Cenizas que reviven
el fuego de un futuro,
incendios forestales,
tú y yo;
indefensos animales.
Que ardan nuestros cuerpos
en la dulce agonía
de la explosión del amor.
Romperé tu corazón,
te dispararé a bocajarro.
No habrá defensa posible,
tu cuerpo es mi abogado.
Volverás llorando,
regresarás suplicando un leve roce,
un simple abrazo,
un beso enamorado.
Y entonces todo caerá,
los muros de Berlín que nos separan,
de tu carácter tus mil caras.
La cuerda se romperá,
el veneno acabará;
sólo nuestros cuerpos,
cara a cara
quedarán.
Y tus ojos agresivos entrarán en erupción.
Seré de sangre fría; y tu mirada mi clima.
Sal de ti mismo,
explora el abismo que es el amor
y encuentra al final esa luz;
esa mirada
buscando lo mismo que tú.

Escrito a cuatro manos en medio de una inmensa hora de Microbiología. Servidora habla en amarillo cursiva.

martes, 26 de febrero de 2008

El olvidado

... Últimamente se sentía como el olvidado que no termina de encajar en una fiesta. Sí. Aquel que, al marcharse, no causa que nadie levante la vista de su copa.
Ensayaba cada noche sus solitarios brindis: "Por ti, por ése y el de más allá, por los fracasados, por esa rubia potente de la barra; por mí, qué carajo"
Le sabían -y le olían- a compañía.
Y eso consolaba las lágrimas de perro que a veces lo pillaban desprevenido asaltando su barba de lija. No mucho... Pero un poco sí.
Lo tuvo todo. Y ahora tenía todo un nada por delante.

Final I
Meses atrás estuvo en los corazones de la humanidad entera; recorriendo las venas de muchos y marcando los segundos de la cuenta atrás -un, dos, tres, ¡tumor!- del resto.
Omnipresente. Deseado. Temible.
Comenzaron a seguirlo por su elegancia, la maravillosa letalidad de su traje blanco y sus zapatos naranjas. La hermosura de su profunda respiración. Lo bellos que se veían los labios besándolo. El suave tacto de su piel. El aroma de lo ronco. La niebla de sus misterios.
Entonces sus dientes humeantes se hincaron en sus débiles pulmones. Alguna que otra tos sangrienta despertó la alarma. Trataron de ahogarlo en esas fosas comunes que son los ceniceros, lo vetaron con escudos rojos, lo estigmatizaron; lo vendieron a precio de orillo.
Omnipresente. Deseado. Temible.
... Ahora también olvidado.


Final II
Una copa más, se decía a sí mismo, y el barman aceptó ya que pagó con dinero en efectivo, pero se aventuraba a predecir el destino de su feligrés.
Aquella copa precedió a otras, en un mar de alcohol ahogaba su vida, cada gota de aquel elixir le arrebataba parte de sus recuerdos, navegaba en un mar de olvidos.
Bebía, recordaba y dejaba olvidar, y en cada fondo del vaso, creía deslumbrar una brizna de esperanza.
La ultima gota rozó sus labios, la música se acabó, las luces se habían apagado, pero un destello le iluminó, sabía lo que tenía que hacer.
Encaminó la desierta avenida, con una sola idea en su mente, posiblemente el mayor logro de su vida, por el cual sería recordado por todos. Llego a una calle, cruzó y se dispuso hacia su destino.
Los periódicos a la mañana siguiente, en alguna de sus páginas mencionaron a aquel pobre que se había suicidado lanzándose desde cierto puente, en cierta ciudad, etc.
Algunos lo vieron, creyeron recordarlo o conocerlo, pero al pasar la página, se desvaneció para siempre en la memoria del olvido.
Escribí ayer por la noche la primera parte de este relato. El final se negaba a esclarecerse; así que se lo mandé a mi amigo Jause. He aquí ambas versiones, la suya y la mía, cada cual fiel a nuestro estilo.